La selva no perdona errores. Lo supo cuando el último sonido del motor desapareció entre los árboles y entendió que estaba solo. Andrés, guía turístico con experiencia, había tomado un desvío que no aparecía en ningún mapa. Su instinto le decía que era un atajo... pero la selva tenía otros planes.
La vegetación se cerró a su alrededor como un puño verde y húmedo. El calor era espeso, casi líquido, y los zancudos le atacaban como si fueran parte del castigo por su error. Caminó sin rumbo fijo durante horas. El sol desaparecía entre las copas altas, dejando un mundo sumido en sombras y sonidos inquietantes.
Esa primera noche fue un infierno. Se refugió bajo unas ramas gruesas, armando un improvisado refugio. Oyó el rugido profundo de un jaguar en la distancia y el crujir de ramas muy cerca. En el río cercano, los caimanes flotaban como troncos a la espera de que algo —o alguien— cayera. No durmió. Sólo rezó, y recordó a su madre diciéndole que la fe era la brújula del alma.









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