viernes, 26 de octubre de 2012

Idilio eterno

     



    Ruge el mar, se encrespa y se agiganta;
    La luna, ave de luz, prepara el vuelo
    Y en el momento en que la faz levanta,
    Da un beso al mar, y se remonta al cielo.

    Y aquel monstruo indomable, que respira
    Tempestades, y sube y baja y crece,
    Al sentir aquel ósculo, suspira...
    Y en su cárcel de rocas... se estremece!

    Hace siglos de siglos que, de lejos,
    Tiemblan de amor en noches estivales;
    Ella le da sus límpidos reflejos,
    Él le ofrece sus perlas y corales.

    Con orgullo se expresan sus amores
    Estos viejos amantes afligidos;
    Ella le dice "¡te amo!" en sus fulgores,
    Y él responde "¡te adoro!" en sus rugidos.


    Ella lo aduerme con su lumbre pura,
    Y el mar la arrulla con su eterno grito
    Y le cuenta su afán y su amargura
    Con una voz que truena en lo infinito.

    Ella, pálida y triste, lo oye y sube
    Le habla de amor en su celeste idioma,
    Y, velando la faz tras de la nube,
    Le oculta el duelo que a su frente asoma.

    Comprende que su amor es imposible,
    Que el mar la acopia en su convulso seno,
    Y se contempla en el cristal movible
    Del monstruo azul, en que retumba el trueno.

    Y, al descender tras de la sierra fría,
    Le grita el mar: "¡en tu fulgor me abraso!"
    ¡No desciendas tan pronto, estrella mía!
    ¡Estrella de mi amor, detén el paso!

    ¡Un instante mitiga mi amargura,
    Ya que en tu lumbre sideral me bañas!
    ¡No te alejes! ¿No ves tu imagen pura,
    Brillar en el azul de mis entrañas?

    Y ella exclama, en su loco desvarío:
    "¡Por doquiera la muerte me circunda!
    ¡Detenerme no puedo monstruo mío!
    ¡Compadece a tu pobre moribunda!

    ¡Mi último beso de pasión te envío;
    Mi postrer lampo a tu semblante junto!".
    Y en las hondas tinieblas del vacío,
    Hecha cadáver se desploma al punto.

    Entonces, el mar, de un polo al otro polo,
    Al encrespar sus olas plañideras,
    Inmenso, triste, desvalido y solo,
    Cubre con sus sollozos las riberas.

    Y al contemplar los luminosos rastros
    Del alba luna en el oscuro velo,
    Tiemblan, de envidia y de dolor, los astros
    En la profunda soledad del cielo.

    ¡Todo calla!... El mar duerme, y no importuna
    Con sus gritos salvajes de reproche;
    ¡y sueña que se besa con la luna
    En el tálamo negro de la noche!

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